martes, 26 de abril de 2011
Cumpleaños
con el peso de este año
mientras pienso en tu eterna oscuridad
inerme y liviana
rondando mi aguacero.
Una vez más, aquí
me someto a tu caída
tras de un vidrio transparente
mientras releo las palabras
que brotan de mi traquea.
Una vez más, aquí
soy solo tu puño abandonado
en tierras ya desconocidas
donde soporto vientos que despeinan
esta, tu cabellera.
martes, 15 de marzo de 2011
Presentación
Me presento en sociedad
como un declive arrinconado
Me presento ante ustedes hermanos
como el hoyo en la entrepierna
como la delgada marca del lápiz sobre las sobras
un pedazo de minuto aprisionado.
Me presento aquí como la nuca de lo evidente
Un rezago crepitante
Que rebasa el estruendo ajeno.
martes, 8 de marzo de 2011
Veinte
lunes, 7 de marzo de 2011
Primera Versión de los hechos
Cuando niño, Pascual, solía apuntar sus delgadas pestañas al sol de enero. Sus ojos parpadeaban y dos lágrimas surcaban sus mejillas acompañando la escena. Pascual Del Río estático como un poste en posición de crucificado, baja la mirada y sus ojos cegados, y abiertos, confunden la realidad con un baile de manchas blancas y otras de color inclasificable. A veces dejaba caer sus párpados y las manchas pululaban en el telón oscuro. Pascual sonreía y movía las manos intentando, vanamente, explicar lo que estaba viendo o quizás no. Su madre hablándole al oído, menciona todo lo que conoce sobre las desventajas de una mirada que apunta al sol. Pascual Del Río con una mueca desaprobatoria, ignora las recomendaciones. Niño que no comprende razones y que no sabe de las delicias de la ceguera. Pascual recibe, un lunes, de su madre, un par de lentes imitación de Ray Ban color marrón y de gran tamaño. Sus pequeños ojos cubiertos como la mitad de su rostro, en sus labios se dibuja una leve sonrisa, su madre lo mira con complicidad. Quizá se quede ciego antes de llegar a los treinta años. Pascual, tan pequeño, es una mosca que temerariamente vuela al sol.
Recuerdo
Este es el primer instante que plácido se retuerce en el tiempo,
este es el primer dominio en el que me detengo
con esta tu epidermis redoblándome cerca de los dedos.
Hoy me disfrazo de ti, padre
mientras floto en la histeria de mis dientes nuevos.
Hoy soy un mechón de pelo en tu nombre
un intento por decirte
un momento en que te hablo
Desde este, mi lugar
Este pálido papel en el que te dibujo
Refranatas
Dígase que caí del palto
En el mismo instante que el pez moría por la boca.
Había puesto mala cara al tiempo
Sin cuchillo de palo.
Con los dientes duros clavados en el pan agudo
Te escribo para decirte que no tengo hambre de pan duro.
Mujer que nació estrellada y sin estrella
Ya vi tu cara necia que mira mis oídos sordos.
Mujer que corre el agua y no deja de beber.
No escupas al cielo que el corazón no siente.
Ya sabes que perro que muerde tampoco ladra
Y que no hay madrugada que despierte a Dios.
Deja que se cueza el tiempo
Y no me mires los dientes
Pues no pretendo pajarearte los tiros
Ni comer nueces mientras mato mucho.
Ya en tiempos de moscas abiertas y bocas cerradas
Salgo a gritarte que no me gusta que me pique la sarna.
Porque contigo ni pan
ni cebolla.
Primera Versión de los hechos
Pascual del Río camina presuroso por la larga avenida, lleva la gorra de vigilante particular, una chompa gris con motivos cusqueños y los pantalones caqui arremangados hasta las canillas. Sus zapatos fueron el boom del año noventa y cinco. No se rasura desde el verano. Cae un fina garúa de junio, de esas que empañan inevitablemente los anteojos, las que no permiten percatarnos de lo próximo a empujarnos. Pascual Del Río tirita, mas aún el frío aún no llega a morder los huesos. Es jueves, su mano derecha lleva un recorte de periódico con la cara del presidente, le ha pintado bigotes y unos bonitos anteojo de carey. Bajo su brazo izquierdo lleva una caja de pizza tamaño familiar con sombrero guinda y letras negras. Pascual detiene de golpe sus pasos, el viento de pie frente a él detiene su prisa, es por esto que Pascual desenvaina su espada y apuñala dos veces al viento que herido de muerte cae de bruces al suelo. Pascual Del Río, arrepentido, se agacha para ayudar al viento a levantarse. Una tenue luz amarilla alumbra sus delgadas manos vacías, luego llora dos lágrimas. Sigue su rumbo con la mirada arrepentida. Se muerde la lengua.